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Me duele, mi duelo

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El duelo es la adaptación emocional a cualquier pérdida: un empleo, un ser querido, una pareja. También podemos hacer un duelo por la pérdida de una mascota o un objeto que una persona nos regaló o bien por algo que compramos en determinado momento de nuestra vida y que tiene un significado emocional.

La pandemia del COVID – 19, ha hecho que la palabra duelo aparezca por todas partes acompañada por multitud de consejos. A estas alturas, escuchar esta voz produce agobio y agotamiento.

A lo largo de nuestra vida tenemos muchos duelos y lo ideal sería que tras el primero, pudiéramos adquirir herramientas para superar duelos posteriores. Lo que pasa es que nuestro mundo emocional a veces es inescrutable: cada duelo tiene una intensidad diferente y depende de los momentos vitales que atravesamos y de la relación que nos unía a la persona desaparecida.

Hay algunos que consiguen superarlo más rápidamente y otros, se limitan a repetir los mismos comportamientos que tuvieron en los duelos anteriores. Repetir patrones es algo que se produce con cierta frecuencia en los duelos amorosos.

En algunas culturas occidentales la muerte y el duelo son una especie de tabú. Por lo tanto, son temas que se evaden. El pasado mes de marzo impartí dos conferencias sobre el duelo y advertí menos personas que cuando hablamos de temas menos incómodos.

Estoy convencida de que más que consejos es preferible que compartamos nuestras experiencias. En muchos casos, lo que le funciona a una persona, no le funciona a otra. Por ejemplo, muchos profesionales y expertos en duelo recomiendan que le escribas una carta a la persona fallecida, o que te escribas a ti mismo, sin valorar que la escritura no es una herramienta útil en todos los supuestos.

Un acompañamiento personalizado es lo más aconsejable para que encuentres tu propio camino para superar una pérdida. Cuando falleció mi hermano, pocas personas se atrevían a hacerme algún comentario o preguntas relacionadas con su muerte violenta.

En mi trabajo de aquel entonces, una compañera me buscaba en mi oficina a la hora de la comida y junto con otros compañeros me acompañaban a comer con agradables conversaciones.

La muerte intempestiva de mi hermano se cronificó por el hecho de que yo no residía en el país en el que él fue asesinado y, además, no lo había visto en varios años. Esta situación me mantenía en una nebulosa, en un estado de incredulidad y por ello, me costaba asumir su muerte.

Mientras tanto, mi mente me atrapaba con sus juegos. De alguna manera, quería que él volviera. Lo primero que hice para recuperarlo fue escribir un texto en el que relataba nuestro último encuentro. Otros días, escuchaba unos cedés que él me había grabado con sus canciones favoritas. En cierta ocasión, fui a unos grandes almacenes y le pedí al dependiente que me vendiera el puzzle más complicado. Y, es así como llegaron a la mesa de mi salón las piezas desperdigadas de un cuadro de Diego de Rivera titulado: La vendedora de flores. No olvido las palabras de un amigo: “No lo vas a poder hacer”. Empecé a armarlo un jueves santo por la mañana, no dormí esa noche y al día siguiente lo había terminado.

Lo único que quería era evadir mis pensamientos y lo conseguí. Pero al terminar el puzzle, esos pensamientos, ¡reaparecieron!

Seis meses después y con muchos kilos menos decidí ir a terapia, ahí me di cuenta de que estaba distorsionando la realidad. Un día compartí con mi psicólogo mi sentimiento de tristeza porque en breve viajaría a Dubái y que mi hermano fallecido no tendría la oportunidad de conocer esa ciudad. Mi psicólogo, me miró con cierta incredulidad y me preguntó: ¿Y, a ti quién te ha dicho que tu hermano quería conocer Dubái? Sus palabras me cayeron como un jarro de agua fría, pero me transportaron a una realidad innegable: Yo estaba viva, él está muerto y yo merecía ser feliz, recuperar la paz y disfrutar.

Muchas veces echamos de menos a las personas que se van de nuestra vida por las cosas que hacían por nosotros y no por las cosas que nosotros hacíamos por ellos. En otros momentos, sobre todo, en las rupturas sentimentales sufrimos por las cosas que no hicieron por nosotros, porque no se cumplieron nuestras expectativas, porque no nos portamos bien con una persona, por culpa o por arrepentimiento.

Nuestra mente necesita una guía que nos ayude a reconducir nuestros pensamientos e interpretar la realidad a nuestro favor y no en contra. No superamos las pérdidas  porque lo queremos controlar todo; porque deseamos que las cosas sean como nosotros queremos y no como son en realidad; porque nos aferramos a lo que no puede ser;  porque deseamos que el pasado sea diferente; porque queremos que los otros sean como nosotros queremos que sean; y lo peor de todo, es que consumimos un valioso tiempo al no aceptar el momento que estamos viviendo.

En los casos de pérdidas de familiares por COVID – 19, el duelo se debe gestionar de una manera distinta ya que muchas personas no han tenido tiempo de realizar los protocolos sociales y emocionales para estos casos: un velatorio y un funeral. Esto es absolutamente necesario porque nos ayuda a asistir en directo a una realidad objetiva: esa persona que hace unos días estaba con nosotros ya no está aquí.

Este jueves 30 de abril a las 17:00 horas en Madrid, impartiré un café virtual titulado: Mi duelo, duele: un adiós sin analgésicos. Si quieres participar, PINCHA AQUÍ.

En este café no te voy a dar consejos de lo que tienes qué hacer, hablaremos de algunas pautas para que seas tú la persona que elija como acompañar a otras personas que han perdido a un familiar o a superar un duelo, en el caso de que tú lo estés viviendo en primera persona.

¿Y, tú cómo crees que se debe superar un duelo?

Mercedes Valladares

Psicóloga Experta en Coaching TransCultural

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